TEKSTER
 
UDKLIPSBUREAUET EN ESPAÑOL
LA AGENCIA DE RECORTES

Oscar K.


Titulo original danés: Udklipsbureauet
Traducción de Ana Sofia Pascual Pape


‘El corazón de los sabios está en casa de duelo, y el corazón de los necios, en casa de alborozo.’
Eclesiastics

A Henning, Majakowskij y Sigvard

I


“El universo es un 10% más grande de lo que se creía hasta ahora”
Titular de El País del 15 de febrero de 1997

El universo que otros llamaban la Agencia se componía de cuatro paredes, cubiertas por anaqueles desde el suelo hasta el techo. Veinte anaqueles en total, cinco anaqueles largos en cada uno de los lados. Una escalera espiral, situada en uno de los extremos de la estancia, conducía a otra habitación del primer piso, donde había un número indefinible de anaquelerías colocadas en hileras, con un espacio libre entre ellas que apenas permitía que una persona de tamaño normal pudiese moverse. Aquí no había galerías hexagonales con vastos pozos de ventilación en el medio. El aire era seco. El polvo se posaba desconsoladamente sobre las carpetas jaspeadas que estaban ordenadas según un sistema determinado en las estanterías. Los lomos negros estaban provistos de etiquetas que indicaban, de manera detallada, su contenido: nombres de personas, empresas e instituciones, tanto públicas como privadas; categorías generales, como ciencia, política y delincuencia; y, luego, un grupo especial que parecía contener un poco de todo: relojes de arena, espejos, laberintos y loterías.

El crepitar de hojas de diario y de tijeras rompía el silencio de forma arrítmica. Alrededor de una mesa larga cubierta de linóleo se sentaban en silencio hombres y mujeres, con un montón de diarios y una lámpara de lectura lacada en negro delante de cada uno de ellos. La mayoría llevaba gafas y buscaba metódicamente en el diario titulares, nombres, cifras, resúmenes y acontecimientos que luego recortaban. De vez en cuando, los diarios cambiaban de manos silenciosamente para ser recortados todavía más, de manera que, cuando terminaban en manos del último hombre, ya no quedaba más que agujeros, esquelas y suicidios. En el cristal mateado de la puerta ponía, con letras pintadas a mano, AGENCIA DE RECORTES, es decir, que aquellos que se encontraban en la estancia tenían que leerlas invertidas si querían encontrarle algún sentido a la locura. Daba igual visitar Nueva York, Tokio, Lisboa o Berlín, o cualquier otra ciudad en la que se hubiera establecido una de estas agencias, el parecido de los empleados que recibían el diario en último lugar era sorprendente. Dejando de lado la coincidencia temática, parecía imperar una analogía muy especial entre estos hombres, pues todos eran hombres. Todos ellos tenían unos cuarenta y pico de años, medían alrededor de 172 cm, eran de constitución más bien normal, habían abandonado el hogar familiar relativamente tarde y vivían solos en habitáculos modestos. La mayoría suplía el sueldo insuficiente que recibía por su trabajo de recortador con labores de corrector para editoriales y periódicos, y era gente tranquila y seria: pequeños hombres grises con ojos tristes. Resulta difícil determinar si esta tristeza se debía a tragedias personales, o si era algo que, en cierto modo, era inherente al trabajo que realizaban - al fin y al cabo, el suicidio no es ninguna broma -, pero no cabe la menor duda de que la confrontación diaria con infelices que de una vez por todas han tomado las riendas de su propio destino, a la larga, los marcaría.

Sea como fuera, en la cabeza de estos hombres nació una idea común de un hombre que nunca sería infeliz. De la misma manera en que los discípulos de Paracelso se habían entregado a la creación de un homúnculo mediante la alquimia y los cabalistas sobre el suyo pronunciando, con sabiduría morosa, el nombre secreto de Dios sobre una figura de barro, los recortadores de suicidios se dedicaron al hombre que no debería ser infeliz. Se prepararon concienzudamente. El niño, pues eran de la opinión que debía ser niño, debería proceder de una familia acomodada; la madre, cariñosa y protectora; el padre, jurista o médico - catedrático, decidieron por unanimidad. Bilingüe, la abuela hablaría inglés, y la otra lengua sería... el español. Lugar de origen: Buenos Aires. Desde el comienzo, el niño debería ser capaz de experimentar el universo entero y debería sentir fascinación por la belleza de las teorías, los mitos y las creencias imposibles de creer. Debería ser inteligente, lector precoz - ya a la edad de siete años debería saber escribir - escéptico, a poder ser, apolítico y, a modo de defensa contra la absurdidad del mundo, ironista. Y, en nombre del siglo que iba a nacer, los recortadores de suicidios lo dotaron, de manera generosa y algo indulgente, de voluntad propia.

Las bases ya estaban asentadas, y, finalmente, la noche del 24 de agosto de 1.899, los recortadores de suicidios se encontraban cada uno en su ciudad mirando hacia la noche estrellada, cuando un meteorito apareció en el cielo. Todos ellos sonrieron para sus adentros y se encaminaron satisfechos hacia sus frías pensiones o sus habitaciones alquiladas, convencidos de que un pequeño y nuevo hombre que, al menos, no podría ser infeliz había llegado al mundo.

En lo que los recortadores de suicidios no habían pensado nunca era en que el niño, desde el principio, había renunciado a entender este mundo. Muy pronto supo que tal vez la creación no era tan perfecta como se pretendía que fuera. Tenía la sensación de no existir y, más tarde, así lo manifestó.













































INTERLUDIO

El niño abre los ojos. Ahí está Alf. Alf es el amigo del niño, de alrededor de dos a tres centímetros de diámetro, un chiquillo algo cambiante que dirige una palma de la mano hacia el cielo y la otra hacia la tierra. Alf vive en un sótano en la calle Garay, pero es de descendencia fenicia y armenia y muy viejo, casi de la misma edad que el niño.

Alf sostiene que en él convergen todos los puntos. En Alf se concentran todos los lugares del mundo, desde todos los ángulos. Todo el universo está contenido en él a tamaño natural. En su mundo, un pájaro es todos los pájaros; un tiempo, todos los tiempos; un acto, todos los actos. En realidad, el niño lo entiende así, aunque de sobra sabe que el universo está dentro de una columna de piedra en el patio central de la mezquita de Amr en el Cairo.

A Alf le encanta hacer comedia. Ora es un buey y se hace llamar Alef, ora un dios judío, infinito y puro, Ein Soph, a la vez que es una letra griega, un dios nórdico con un cuervo posado en el hombro y un espíritu de aire de Shakespeare provisto de otros nombres: Alpha, Alfair y Ariel. Sin embargo, el niño prefiere a Alf.




































II.

“Entre los líricos metafísicos de la década de 1890, el checo Otokar Brezina (1868-1929) fue de los más admirables. Entre los años 1895 y 1903 publicó cinco antologías de poesía y un tomo de ensayos; a partir de entonces, se entregó a la mudez y la soledad.”
Francis Bull en “Historia de la Literatura Mundial”

La ciudad estaba llena de gentes; las casas, de inquilinos; los hoteles, de huéspedes. Los trenes estaban llenos de pasajeros; los cafés, de clientes; las calles, de transeúntes. Las salas de espera de los médicos de renombre estaban llenas de pacientes, y los teatros, de espectadores. Incluso en la Morgue, la casa de la muerte, no había manera ya de encontrar plazas.

En la rue de Dunkerque, un vendedor de periódicos alargó la mano y miró hacia el cielo. ¡Estaba goteando! Una costurera cruzó la calle apresuradamente. Debía entregar un paquete en la rue de Petits Hotelles. El vestido rojo de Madame. ¡Un gato! Mal augurio. “Habitación amueblada -20 frcs.” Veinte francos. ¿Sería por semana o por mes? Un hombre de aspecto recatado soltó el carrito con el que transportaba sus efectos personales, una maleta que nunca había utilizado y algunas cajas con libros. ¡Le Petit Parisien! ¡Le Journal! ¡Le Temps! ¡Lea sobre el incendio en el Theatre Français! En China, el joven príncipe de nueve años, Put-Sing, sucede al emperador Kuang-Hsi. ¡Nietzsche ha muerto! Le Martin. Un sou. Parece que va a llover, Monsieur. Un coche de caballos se había perdido en medio del tráfico. En la plataforma, los idiotas de Salpêtrière y Bicêtre están sentados, atados de pies y manos. Iban al campo. Dos hombres hechos y derechos que no paraban de masticar, eran los rumiantes; también estaban allí un enano, una mujer del tipo rata y dos niños del tipo cochinillo, uno de ellos llevaba un casco de cuero y, de vez en cuando, golpeaba la cabeza contra los barrotes. ¡Le Petit Journal! ¡Asesinato! ¡Noticias sensacionalistas! Nuevo folletín por entregas: ‘Cadáver desconocido vaga por las calles’. ¡Ya llega, la lluvia! ¡Paraguas! ¡Paraguas! ¡Paraguas de seda de Charageat Elaboración exquisita. Empuñaduras japonesas. Paraguas ingleses baratos, Marland & Hijo, “very excellent workmanship”. No, si la mecánica anda tan rezagada, prefiero Le Martin. ¡Le Martin, s’il vous plais! Los idiotas no tenían paraguas. El agua caía sobre ellos, la mujer rata sacó la mandíbula inferior y bebió la lluvia que corría desde su cabellera grasienta hasta su nariz puntiaguda y de ahí directamente a su boca.

Tal vez alguien debería algún día expedir los idiotas a Lourdes, pensó el hombre del carrito. Desde que la Virgen María se había aparecido a las hermanas Sourbirous en una cueva de los alrededores, los milagros que ocurrían no parecían tener fin. La portera le entregó la llave, y él transportó las cajas y la maleta hasta la habitación que estaba al final del pasillo. La estancia era fría y húmeda y olía a petróleo. Estaba equipada con una cama, una mesa y una silla, una librería de dos estantes y un armario ropero. Los libros que había guardado en las cajas se habían mojado por la lluvia, y el hombre, prudente, los abrió uno por uno depositándolos, acto seguido, sobre la cama y el suelo para que se secaran. Sobre la mesa depositó una carpeta jaspeada, bastante ajada, idéntica a las que utilizaban en la Agencia. El texto de la etiqueta pegada al lomo había sido borrada, aunque todavía se adivinaba la palabra ‘suicides’. Sin embargo, en la carpeta no había ningún recorte sobre suicidios, sino algunos folios de papel manuscritos y una noticia amarillenta sobre un poeta polaco que, diez años atrás, había muerto solo y desconocido en un asilo católico en París rodeado por los arcones que contenían su inmensa obra literaria jamás publicada.

La explicación era sencilla. El hombre recortaba suicidios de los periódicos en un pequeño despacho de la rue Campagne Première, delante del Hotel Istria, y escribía libros. Pero puesto que era un hombre modesto que no tenía un alto concepto de sí mismo, el trabajo de años, en total, siete tomos voluminosos sobre funambulismo, había quedado olvidado en la maleta que había heredado de sus padres silenciosos. Con los pies embutidos en un par de calcetines gruesos se deslizaba silenciosamente por su habitación, semioscura, intentando convencerse obstinadamente a sí mismo de que la publicación de los libros sería una mala idea. ¿Por qué descubrirse ante el mundo entero permitiendo que imprimieran sus textos cuando, al fin y al cabo, presentía que detrás de todo lo que escribía se escondía una vanidad muy personal y desvergonzada?

En cuanto a este punto, apenas se distinguía de los demás recortadores de suicidios que todos, sin excepción, escribían libros que nunca llegaban a publicarse. Eran libros que trataban sobre el sentimiento inconsciente del hombre ante el universo, la demanda de confianza, el ansia por alcanzar la claridad, intentos incansables de establecer categorías y comprender la realidad; y sobre un anhelo infinito por las situaciones absolutas que podían sintetizarse en un único principio. En los cajones de los recortadores de suicidios se escondían, asimismo, pedazos de papel arrugados y pequeñas notas de mundos abrasados y desiertos incoloros donde todas las creencias se habían convertido en piedras muertas. Pero ni ellos mismos los leían. Ellos mismos, haciendo un ligero movimiento desdeñoso con la cabeza, consideraban que sus escritos eran variaciones estériles sobre temas elevados, reminiscencias de la temeridad juvenil y distracción vana que de ninguna manera podrían ser de interés para los demás.

A pesar de todo, o tal vez por eso, todos habían estado de acuerdo en que el niño que nunca debería ser infeliz, debería ser capaz de escribir a una edad temprana. Habían dado a entender que el niño estaba emparentado con el poeta Juan Crisóstomo Lafinur y que su bisabuelo, Edward Young, había sido redactor de uno de los primeros diarios ingleses en Argentina, el Southern Cross. Además, habían equipado al padre con una biblioteca nada desdeñable y unas ambiciones literarias que, sin vacilaciones, había transmitido a su hijo.

Más tarde, además, los recortadores de suicidios pudieron constatar, no sin cierto orgullo, hay que decirlo, que el niño, ya a los once años de edad, durante unas vacaciones en Androgué, se había entretenido con una traducción de ‘The Happy Prince’ de Oscar Wilde que en castellano se había convertido en ‘El príncipe feliz’. Sobre todo, le gustaba aquella pequeña escena en que los niños del asilo salen de la iglesia envueltos en sus abrigos rojos y sus mandiles blancos y limpios y ven la estatua del príncipe feliz sobre una alta columna. ‘Parece mismamente un ángel, dijeron. ¿Cómo lo saben?, les preguntó el profesor de matemáticas. Nunca han visto un ángel. Sí lo hemos visto, en sueños, contestaron los niños, y el profesor de matemáticas los miró con un semblante severo y serio, pues no le gustaba que los niños soñaran.’

El prudente recortador repasó para sí sus argumentos para no publicar los libros mientras hacía cola en uno de aquellos comedores baratos de la rue St. Vicent, cercanos al pequeño cementerio. Y por un momento consideró si todas sus ponderaciones no serían acaso una mala excusa para poder seguir escondiéndose tranquilamente y, seguir escribiendo sin ser molestado por nadie en su habitación amueblada; entonces se fijó en la modistilla que había visto cruzar la calle aquel mismo día a una hora más temprana. Había dejado de llover. Qué suerte para ella, pues no llevaba más que unos zapatitos en los pies.

Pidió alubias con tocino y cebolla y tomó asiento de manera que pudiera escuchar lo que se decía en la mesa de la modistilla. Estaba con una amiga que, por lo visto, se llamaba Gilberte. Ellas tomaron ternera con guisantes. Gilberte hacía de modelo para unos pintores, y fumaba y leía ‘París enamorada’. Entre risas, le contó a su amiga que se había comprado un corsé de Perséfone de color verde Nilo con ligas bordadas con rosas rococó.


















































INTERLUDIO

El niño cierra los ojos. Está indeciso y asustado. El Velado de Jorasán, el hombre que ha cubierto su rostro porque es leproso lo mira afligido. Acto seguido, se ha convertido en el hombre de la máscara de hierro y, poco después, en el doctor Jekyll. El niño se tapa los ojos con las manos y aprieta. Pero el doctor Jekyll se bebe el líquido de la probeta y le empieza a salir vello animal en las manos.

El niño abre los ojos. La habitación de techo alto está a oscuras. Delante suyo está el pesado armario de caoba de tres hojas de estilo hamburgués. El niño está echado en la cama viéndose a sí mismo por triplicado en los grandes espejos. Tiene miedo, miedo de que los reflejos no lo reproduzcan fielmente, y miedo de verse distinto en uno de aquellos espejos.

Antes de dormirse, el niño abre los ojos varias veces para ver si las imágenes se corresponden a la idea que tiene de sí mismo, o si éstas han empezado a transformarse rápida y estremecedoramente. Tal vez sea un gran número de ‘yos’ en los que se arriesga a convertirse, de repente. Tal vez sea otro, en realidad. Tal vez camine a su lado un doble suyo. O tal vez sea él mismo el doble.



































III.

“Miss Otis regrets (she’s unable to lunch today)”
Cole Porter


En una terraza de la Amthausgasse estaban dos hombres jugando al ajedrez. Era mediodía. La hora del almuerzo. Ambos trabajaban en la Speichergasse; el joven en la oficina de patentes, en el número 7; el mayor en la agencia de recortes, al lado. El joven murmuraba algo para sí. Sus pantalones le iban demasiado grandes. Su cabello estaba despeinado. El otro asentía con la cabeza,, como si le hubiera hablado a él, reflexionando sobre su próxima jugada, aparentemente sin hacer gran caso de ello. No le gustaba llamar la atención, ni estar en el punto de mira de la gente. Además, prefería perder. Jugaba una variante, llamada ‘autómata’ que obligaba a ganar al contrincante, lo quisiera o no.

Y si el tiempo es un círculo, exclamó súbitamente el joven , que se enarca alrededor de sí mismo. Que el mundo se repite a sí mismo, con precisión, infinitamente, Estaba a punto de suprimir el éter y el espacio absoluto en pro de una cuarta dimensión, convencido de que era posible comprender la realidad a través de construcciones teóricas. Quería saber cómo había sido creado el mundo. Quería conocer las ideas de Dios y creía firmemente que el mundo era un lugar armónico y que no había nada en este mundo que fuera casual. Estaba casado y tenía un hijo de nombre Hans Albert. Mas no era feliz, eso era evidente. El recortador movió el peón del rey una casilla hacia adelante. El asistente de patentes movió la reina blanca. Jaque. Y mate. Entonces se incorporó y se fue sin pagar.

Los recortadores de suicidios querían que su niño, con el tiempo, también llegara a comprender el mundo que ellos mismos, a menudo, tenían dificultades para manejar. Al igual que el asistente de patentes, ellos tampoco dudaban de que, tras todo lo aparentemente incomprensible, se escondía alguna razón entre tanta locura. Como en el caso de las letras del cristal de la puerta que había que leer invertidas si uno estaba sentado en la oficina. Estaban convencidos de que tenía que existir una explicación, tal vez una muy sencilla, que podía ampliarse hasta que, al final, abarcara al mundo entero. Una teoría completa, sin fisuras, para todo. Los recortadores de suicidios tenían grandes planes para el niño. Cada día añadían nuevas páginas y esperanzas. Era como si no fuera suficiente que hubiera sido creado a su imagen. Incluso le dotaron de sus ansias más profundas y sus sueños más secretos, en la esperanza de que éstos se cumplieran al menos para un ser humano.

Pero si el tiempo realmente es circular, pensó el recortador alarmado mientras dejaba el rey rojo sobre la mesa, sólo tengo que quedarme aquí sentado, esperando a que vuelva el joven. Entonces todo se repetirá, sus murmullos, mi apertura del rey, sus movimientos y él, automáticamente, volverá a ganar y se irá sin pagar. Y el rey rojo estaría tirado sobre el tablero, roncando y soñando con Alicia, y el asistente de patentes, y con él, y con el niño que no podía ser infeliz. Entonces, la realidad estaría suspendida y todos serían tan solo una especie de criaturas de sus sueños, y si este rey se despertara, ¡todos ellos se apagarían -¡fu!- como una vela!

La idea era que cada uno de los recortadores de suicidios contribuyera para hacer al niño más real y vivo: pensamientos, talentos, aportaciones pequeñas y grandes. Y el tablero de ajedrez era un detalle que no estaba nada mal. El hombre de la mesa del café mismo había hecho agujeros en el tiempo regularmente gracias a una partida de ajedrez. El tiempo se detenía jugando al ajedrez. Tal vez un día deberían dejar que el niño probara que el tiempo no existe. Sólo para que se ejercitara.

Desde un campanario llegó el sonido de dos campanadas. En la agencia, esperaban los periódicos con nuevos suicidios.




















INTERLUDIO

El niño parpadea sorprendido. Está sentado en la biblioteca con una lente de aumento y un libro abierto sobre las siete maravillas del mundo. En la página hay un grabado de un edificio famoso de la isla de Creta. Parece una plaza de toros. Los ventanales son estrechos, en realidad, apenas unas grietas.

El niño piensa que si examina la imagen concienzudamente con la lente de aumento, a lo mejor pueda ver al Minotauro que se encuentra en el centro del edificio, que está construido de manera que muchas generaciones se pierdan en su red. El Minotauro es un toro con cabeza de hombre, pero no lo ve, aun utilizando la lente de aumento.

El niño mira y mira, hasta que sus ojos empiezan a dolerle, mas no ve nada. Finalmente, todo se confunde y el niño no sabe dónde está, ni que hora es. Abatido, deja de lado la lente de aumento.































IV

“Me resulta indigno pensar del poder y la divinidad celestial que haya creado un mundo finito, cuando tenía poder para crear otros mundos infinitos. Por lo tanto sostengo que existe un número infinito de mundos, iguales a este mundo terrenal. Al igual que Pitágoras, lo considero una estrella, y es como la luna, los planetas y las demás estrellas cuyo número es infinito, siendo cada uno de estos cuerpos, mundos por sí solos.”
Giordano Bruno.


En la rua dos Douradores un hombre pálido y terroso de ojos grises abandonaba la agencia de recortes del senhor Vasques. Llevaba un abrigo fino, zapatos negros y un sombrero flexible, así como una pajarita de un azul deslucido que hacía que no se distinguiera de cualquier otro oficinista o funcionario público que uno pudiera encontrarse de camino hacia el Tajo. Cruzó la rua de Conceiçao y dobló hacia la derecha por la rua de S. Juliao, aunque, del mismo modo, hubiera podido seguir todo recto. En cambio, decidió girar a la derecha y, poco después, a la izquierda por la rua de Prata, una costumbre que había adquirido hacía ya casi diez años, cuando fue contratado en la agencia del senhor Vasques. La meta provisional de su paseo era el Terreiro do Paço o, tal como se había empezado a llamar la gran plaza, Praça do Comercio.

En el caso de que alguien se hubiera fijado en el hombre del abrigo, hubiera podido poner su reloj en hora. Cuando llegaba a pie hasta la arcada de los ministerios y se detenía frente a uno de los puestos de los libreros eran siempre las nueve menos seis minutos. Mas no había nadie que se fijara en él. Tampoco es que llamara la atención, mantenía la mirada baja al andar y evitaba chocar con la gente. Luego se quedaba allí durante los próximos minutos, hojeando los libros que estaban dispuestos en filas sobre una mesa desplegada delante de un pequeño quiosco cuyos postigos se cerraban durante la noche y a la hora de la siesta. Parecía estar interesado en un ejemplar facsímil del ‘Movimiento de los cuerpos celestiales’ de Copérnico y una edición popular de ‘Las Centurias’ de Nostradamus con un ‘Prefacio para César’ a modo de suplemento, aunque, tras un breve regateo, acabó por limitarse a meterse el Copérnico en el bolsillo. Ni el vendedor de libros ni el camarero del Martinho de Arcada hubieran sido capaces de describirlo, si alguien se lo hubiera pedido, y eso a pesar de que solía comprar uno o dos libros con cierta regularidad y de que, cada noche, sentado a la misma mesa, sobre la misma silla, ingiriera la misma comida: ‘omelette’, ensalada, medio litro de vino del distrito de Minho, un café bica y un copita de aguardiente de cerezas, Ginjinha.

En la agencia, él era el último hombre, y su vida se desarrollaba igual que la de los demás recortadores de suicidios de todo el mundo: como un lento fluir de repeticiones, es decir, que casi nunca pasaba nada. Su horario de trabajo, por lo demás fijo, siempre era el mismo, comía siempre a la misma hora, dormía a la misma hora, todo dentro de unos marcos tan rígidos que incluso podía dar la impresión de cierta irrealidad. Pero si no ocurría gran cosa en la vida exterior de los recortadores, en cambio, la regularidad invitaba a la profundización y a la reflexión; por lo que lo que también les caracterizaba era que pasaban la soledad en compañía de libros y de sus propios pensamientos. Sobre todo, un tema los ocupaba. El universo. Todos habían seguido con gran interés los comentarios sobre el cometa Halley que habían aparecido en los diarios en los días próximos al 7 de mayo del año anterior, cuando se suponía que el cometa se haría visible en el cielo. La información sobre la aparición del cometa dio lugar a las reacciones más variopintas: en algunas ciudades menores, la orquesta municipal se había situado en la plaza y había ofrecido un concierto; en otros lugares, los restaurantes y los bares habían mantenido sus puertas abiertas durante toda la noche; y, en todo el mundo, el miedo al mortal gas cianógeno que, por lo que se rumoreaba, contenía la cola del cometa, había provocado una oleada de suicidios, al igual que la muerte del rey inglés, Eduardo VII, había sido relacionada con este cometa.

No era, pues, una casualidad que el último hombre del senhor Vasques hubiera adquirido 'Movimiento de los cuerpos celestes' que Copérnico había publicado en el año 1.543. Hasta entonces, la astronomía se había basado en la concepción helenística según el cual la tierra era el centro del Universo. En el siglo III, el astrónomo alejandrino Tolomeo dividió la tierra en veinticuatro horas afirmando que las quince de ellas eran conocidas, desde la frontera de la China hasta las Columnas de Hércules. Asimismo, Tomás de Aquino, en su gran obra 'Summa Theologica' compiló las imágenes del mundo de Tolomeo y de Aristóteles: la tierra era el centro del mundo y Jerusalén, el centro de la tierra. Alrededor de la tierra giraban los cielos móviles, rodeando el uno al otro; en el interior, el cielo de los planetas; luego el cielo de la estrella fija; y, finalmente, por afuera de los demás, el cielo de cristal. En su exterior se encontraba el cielo de Dios el inamovible, la residencia de los bienaventurados, donde los ángeles, desprovistos de cuerpos, lo dirigían todo. Pero Copérnico que partía de la hipótesis de que la naturaleza alcanza su meta siguiendo el camino más sencillo dejó que el sol fuera el centro, por lo que la tierra fue trasladada a un lugar al lado de los demás astros, añadiendo Giordano Bruno a esta idea, en su escrito 'Dell' infinito', la teoría acerca del espacio infinito. Bruno sostenía que cualquier lugar sólo podía ser determinado y ubicado en relación a otros lugares. El mundo carecía de centro y no había un arriba y un abajo en el universo.

Era este tipo de quimeras que ocupaban a los recortadores de suicidios. La mayoría de ellos, sin duda, consideraría al niño-que-no-debía-ser-infeliz dentro de esta categoría de vida interior, incluso había los que lo tildarían de puro desvarío. Mas en este punto cometieron un desafortunado error. Pues por entonces, cuando el recortador había llegado al café, el chico llevaba existiendo, por de pronto, poco más de catorce años, gozaba de buena salud y, además, con arreglo a las directrices marcadas. Había nacido en Palermo, Buenos Aires, la misma noche que los recortadores habían visto el meteorito en el cielo; su madre era cariñosa; su padre, abogado y catedrático de psicología e inglés y ateo. Le dieron el nombre de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, aunque solían llamarle Georgie. Ya a una edad de siete años, el niño sabía escribir, leía a Kipling y acostumbraba a entretenerse delante de una jaula determinada del Zoológico, le gustaban las enciclopedias extensas y los libros de historia natural porque en ellos había imágenes de tigres.

El barrio de Palermo era conocido por su clase baja ligeramente miserable, su vida política inarmónica y alborotada, sus compadritos que blandían las navajas con gran facilidad y sus gángsters. Con sus burdeles y sus cabarés, el ambiente, a veces, podía resultar algo violento, sobre todo cuando sus habitantes ocupaban las aceras bailando tangos y contando historias fogosas sobre gauchos y peleas. De ningún modo era algo que le conviniera a un niño terriblemente miope.

Generalmente, se quedaba en casa con su hermana Norah, dos años más joven que él. Solían inventarse compañeros de juegos imaginarios, interpretaban escenas sacadas de algún libro y mataban el tiempo vagando por la biblioteca o el jardín. La casa estaba llena de retratos de grandes libertadores, espadas y uniformes, pues el niño descendía, tanto por parte materna como paterna, directamente de soldados y libertadores. Y la abuela Fanny les contaba historias de los tiempos de la colonización, sobre emboscadas y derramamientos de sangre, mientras que Mrs. Tink, la niñera inglesa, le enseñaba a leer y escribir. El padre se ocupaba de la aritmética y de las matemáticas, utilizaba el tablero de ajedrez para explicarle las paradojas de la filosofía y gustaba de contar, con cierto orgullo, la manera en que el hijo, a la edad de cinco años, le había confesado tímidamente que quería ser poeta.

Mas el niño no lo recordaba. Su gran deseo era como el de Pinocho: convertirse en un niño verdaderamente vivo. A menudo, se soñaba lejos de la atmósfera apacible del hogar, fuera, en las calles llenas de peligro y las puestas de sol visibles. Y durante años creyó que se había criado en un suburbio bravucón, aunque la verdad era que se crió tras una verja coronada con lanzas, cristales de gafas gruesos y estantes interminables repletos de libros ingleses.

Ahora se encontraba en Suiza. Vivía en Ginebra con sus padres y Norah, en Malagnou, número 7, delante de la iglesia ortodoxa rusa y disponía de habitación propia. En la habitación había un armario con dos hileras de libros. La versión de tres tomos de 'Las mil y una noches' de Lane con grabados y notas de tipografía más pequeña al final de cada capítulo, el diccionario de latín de Ouicherat, el 'Germania' de Tácito en latín junto con la traducción de Gordon, de 'Don Quijote' de Garnier, 'Las Tablas de Sangre' de Rivera Indarte con dedicatoria del autor, el 'Sartor Resartus' de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás tomos, un libro sin encuadernar sobre las costumbres sexuales de los pueblos balcánicos.

Por entonces, al niño le ocupaba la paradoja de Aquiles. Su autor, Zenón de Elea negaba que pudiera ocurrir algo en el universo. El movimiento no existía. Aquiles ni siquiera sería capaz de alcanzar a la tortuga perezosa. Aquiles era diez veces más veloz que la tortuga y le concedió una ventaja de diez metros. Aquiles recorrió los primeros diez metros; la tortuga, uno; Aquiles recorrió ese mismo metro; la tortuga un decímetro. Aquiles recorrió el decímetro; la tortuga, un centímetro; y así, infinitamente, de manera que aunque Aquiles corriera por toda la eternidad, nunca conseguiría alcanzar a la tortuga.

El recortador de suicidios del café constató, con la felicidad del reconocimiento, que el chico era más bien tímido por naturaleza. Prefería quedarse en casa o estar en una biblioteca y, en los años venideros, llegaría a conocer el francés, el latín, el alemán, el expresionismo, Schopenhauer, las enseñanzas de Buda, el taoísmo, Joseph Conrad, Lafcadio Hearn y, al igual que su paisano Carlos Gardel, aprendería lo que significaba la nostalgia de Buenos Aires.
























































INTERLUDIO

El niño alza la mirada. Delante suyo está su padre, casi ciego, descendiente de una familia de soldados valientes, peleándose con los botones de su pantalón. La camisa cuelga por fuera de los pantalones. Bueno, niño, le dice de una manera a la vez cariñosa y confidencial, utilizando la palabra en español 'niño', ahora te toca a ti. Quería darle una palmada en el hombro, pero el niño ya se ha puesto en pie.

Como de costumbre, han abandonado el hotel alrededor de las cuatro y media para dar una vuelta, primero por avenidas iluminadas, luego por calles oscuras hasta llegar a una plaza que sólo el padre conoce. Han concluido su paseo en un piso, en una primera planta de un edificio voluminoso, con muchas escaleras y puertas.

En la habitación contigua, la mujer aguarda al niño. Al entrar él, la mujer está inclinada, de espaldas, lavándose entre las piernas. En el espejo, el niño puede ver que la señora está desnuda, aparte de un par de medias finas que le llegan hasta un poco por encima de las rodillas. Alza la cabeza, y el niño ve su rostro maquillado que es tan delicado como el de una geisha. Entonces se da la vuelta, frente al niño hay un cuerpo blanco y turgente manchado de morados. El niño aparta la mirada.



































V

“Lo infinito, querido, es bien poca cosa; es una cuestión de escritura. El Universo sólo existe sobre el papel.”
Paul Valéry, ‘Monsieur Teste’


El día había estado repleto de noticias sobre la ley de asociación, aprobada por el parlamento y que entraría en vigor el 1 de diciembre. Delante del Hotel Borg ya se habían congregado grupos vociferantes de gente que pretendían celebrar el acontecimiento. Sea que los rumores eran fiables o no, en todo caso, no pareció que impresionaran al hombre que estaba sentado, hojeando un ejemplar de la Morgunblai, el órgano del partido de la independencia. Sobre la mesa había algunos ejemplares agujereados de Visir y el Casquete Polar que sólo se publicaban en verano, así como los últimos números de Tíminn.

El hombre llevaba un traje negro, igual que los auxiliares oficinistas de una casa comercial cualquiera, con una camisa blanca y una corbata negra, y era el propietario de la única agencia de recortes de la isla. Puesto que también era su único empleado, era tanto el primero como el último recortador de la oficina. Se ocupaba de recolectar diarios y revistas regionales, ordenaba personalmente las carpetas más voluminosas: anuncios personales, política y pesca. Asimismo, actualizaba las demás, entre ellas, también los suicidios y las defunciones que, por razones prácticas, había juntado en una sola carpeta. Teniendo en cuenta las depresiones invernales de los isleños, su consumo de alcohol constante y las coyunturas fluctuantes, a veces podía resultar difícil determinar cuándo se trataba de un suicidio o de una simple defunción.

Al principio había tenido tan sólo dos carpetas: una para defunciones y otra para suicidios. Por aquel entonces, los entierros tenían lugar en la Catedral. Durante el invierno solía haber muchos entierros cada día. Cuando oía el repique de las campanas en la oscuridad crepuscular, se ponía en pie y se acercaba a la ventana, esperando que el séquito saliera de la iglesia. Y así seguía un cortejo fúnebre detrás de otro desde su ventana de la agencia intentando leer los silencios y las reticencias en los rostros de los afligidos hasta que los veía desaparecer por la esquina del Café Uppsala. Había visto a un hombre de Ólafsvik que fue portado hasta la fosa por una familia sinceramente afligida por su muerte y, por lo tanto, había metido su muerte en la carpeta de las defunciones. Pero cuando salió a la luz del día que la viuda, tras la muerte poco natural del marido, había vendido el cadáver a la universidad donde le habían sacado los huesos para menesteres científicos y que luego habían llenado el ataúd de piedras, el recortador lo interpretó como una falta de su propio juicio y dejó ya de hacer distinciones.

Ahora Trakl, que se había suicidado en el hospital militar de Kraków en desesperación por las atrocidades de las que había sido testigo como enfermero en el frente durante la guerra, yacía al lado de pescaderas y tratantes de caballos, obispos y pastores de ovejas, farmacéuticos y sastres, impostores, santos y directores de banco que habían elegido colgarse antes de la intervención de las cuentas anuales; a nadie se le caen los anillos por ello.

El recortador se había detenido ante un artículo acerca del poeta Ólafur Kárason que había muerto el año anterior. Ólafur Kárason Ljósviking provenía de la Península de Fiordo Occidental y registraba su vida tanto mediante un diario como a través de fragmentos biográficos, desde su infancia hasta el día de su muerte. Todavía no había cumplido los nueve, cuando se convenció de haber visto a Dios; siendo un adolescente padeció dolores de crecimiento que le obligaron a permanecer en cama durante un par de años, tiempo durante el cual también tuvo sus primeras experiencias con una criada. Y una mañana, en medio de la oscuridad invernal se le apareció el poeta Breidfjord revelándole la luz. Escribiría. Y así fue, escribió durante toda su vida, aunque la opinión generalizada era que fue un poeta excepcionalmente malo.

Lo que difícilmente podía saber alguien era que el niño, poco antes, en una noche nebulosa y quieta, se había fijado en una chica que parecía muy joven, casi tanto como la quinceañera que De Quincey había conocido en Londres en su juventud. La chica estaba apoyada inmóvil contra una farola y, con toda naturalidad, lo siguió, situándose a su altura los pocos pasos. Debajo del sombrerito que cubría su cabellera a medias vio que la chica lloraba. El niño se detuvo indeciso, las lágrimas de la chica lo conmovían. No quería que le pasara nada malo. Era una chica joven, pálida, rubia, tan alta como él y tal vez un poco mayor. Su rostro era delicado y su cuerpo tan delgado que parecía débil e indefensa.

Siguieron andando, uno al lado del otro y el niño nunca descubrió quién de ellos había tomado la mano del otro. La joven le habló en voz baja y en un francés tan duro que tuvo dificultades para entenderla. Llegaron a una casa humilde en un barrio alejado del centro, donde estuvieron juntos hasta muy pasada la medianoche.

Al día siguiente, el la buscó infructuosamente en el lugar en que la había encontrado. Fue incapaz de encontrar su casa en aquel barrio extraño. De pronto pensó que quizá la chica y la casa sólo habían existido allí con él y que ahora se habían convertido en la misma nada negra que el solía contemplar de noche entre las estrellas del cielo. Y ya nunca volvió allí, pero siguió recordando su nombre: Ulrica. Guardaría la imagen de la chica en su interior, de la misma manera que se guarda una fotografía en un cajón de un mueble y luego se olvida. Más tarde, un reflejo de luz, el olor a agua o el sonido de sus pasos en una calle desierta le recordarían fugazmente el fulgor reflejado en un par de ojos llenos de lágrimas, el ala de un sombrerito, una cabellera rubia, el peso apenas apreciable de una mano posada sobre la suya, dos rosas de tela en un jarrón sobre una mesa de madera en una pequeña habitación y un sentimiento efímero de felicidad volátil y ligera.

Esa misma noche se celebraría la fiesta de la perdiz blanca. El recortador estuvo pensando si debería acercarse a todo aquel barullo de asociaciones, pero finalmente decidió dedicarle un par de horas al Casquete Polar y cenar un poco de sopa de carne en salmuera en casa. No era una revista gruesa, cuatro páginas infolio y su prisión era tan mala que a menudo había que adivinar lo que ponía en algunas líneas. Encima, siempre faltaban caracteres de imprenta en el taller de composición. Sobre todo, tenían problemas con la ‘þ’, la letra indispensable que los islandeses adquirieron cuando crearon su propio alfabeto según el modelo anglosajón del siglo XII. Por regla general, la ‘þ’ sólo alcanzaba para la primeras líneas y era sustituida por la ‘p’ lo que, de vez en cuando, junto con algunas insólitas abreviaciones, como por ejemplo, ‘d’ en lugar de diván, provocaba que el texto fuera algo extraño. Durante todo el verano, el Casquete Polar había publicado ‘La Saga de Egil’ por entregas y el hombre decidió abrirle una carpeta aparte, en cierto modo por su curiosa tipografía.

Hacía frío en la agencia. El recortador sacó un vaso y una botella de aguardiente y se sirvió una copa. De repente se acordó de los viejos campesinos que habían recitado las sagas sin necesidad de libro alguno, que voceaban estrofas cíclicas de tres y cuatro mil versos en la noche para mantenerse en calor cuando cruzaban las montañas. Había llegado a la muerte de Bødvar, donde se narra que Egil se ha encerrado en la alcoba y se niega a ingerir cualquier líquido o alimento. Permaneció allí aquel día y la noche que le siguió, sin que nadie osara dirigirse a él. Estaba claro que el anciano no desea seguir viviendo después de la muerte del hijo, pero gracias a las astucias de una mujer consiguen convencer a Egil para, al menos, mantenerse con vida hasta que hubiera compuesto una oda conmemorativa que se llamó la Pérdida del Hijo.

¡Esto era algo que interesaría al niño! Se le iluminaron los ojos al hombre que estaba sentado a la mesa. Aunque sus gritos tuvieran que cruzar los mares, ese niño tendría que oírle. Y el nombre delgado y enjuto ya había recuperado el calor cuando se puso en pie y gritó con toda su fuerza a la agencia:

Me resulta penoso
mover la lengua;
una piedra en el pecho
oprime mi respiración.
Con la magia de las palabras
deviene angosto cuando la casa del pensamiento
en la tormenta se tuerce.

Ese mismo día, una mañana de noviembre de 1918 no demasiado fría, el niño, en compañía de su padre, había leído en una pizarra, en una plaza casi vacía de Lugano, unas letras escritas con tiza que anunciaban la capitulación de las potencias centrales. Luego habían vuelto al hotel donde comunicaron con vino tinto italiano.

Alrededor de medianoche el recortador salió de la agencia, cerró la puerta con llave y alzó la mirada hacia el cielo nocturno. Todo estaba como debía estar. La estrella Polar estaba donde tenía que estar. En el hotel todavía había vida. Y frente al Café Uppsala había un hombre en mangas de camisa meando contra el muro. Podía resultar fatal con aquel frío, pensó el recortador, dio media vuelta y se dirigió hacia su casa donde le esperaba la sopa de carne en salmuera caliente.

Y el niño recordó el nombre de Ulrica durante mucho tiempo, mas aun pasarían muchos años, y él entonces sería un anciano, tan viejo como el propio Egil Skallagrimsson, antes de que llegara a conocer aquellos manuscritos que olían a humo y a oveja.
















INTERLUDIO

El niño baja la mirada hacia la gravilla. A su lado, en un banco a algunos pasos del Ródano, está sentado un anciano que sostiene que es él. Su aspecto recuerda a un actor fracasado italiano, pero ha sido capaz de ofrecerle, sin vacilar, todo tipo de detalles sobre él mismo. El anciano opina que eso debe ser suficiente. No, dice el niño. Si estoy soñando es normal que Vd. sepa lo que yo sé.

Si esta mañana y este encuentro son un sueño, cada uno de nosotros debe pensar que el soñador es él mismo, dice el anciano. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Sin embargo, es nuestra obligación, evidentemente, aceptar el sueño, al igual que hemos aceptado el universo y el hecho de haber nacido; y ver con los ojos; y respirar.

¿Y si el sueño persiste?, dice el niño angustiado.

Mi sueño ya ha durado setenta años. Al fin y al cabo, no hay nadie, si uno recapacita, que no se haya encontrado consigo mismo. Eso es lo que nos está ocurriendo ahora mismo, si dejamos de lado que nosotros somos dos. Nuestra conversación ya ha durado demasiado para que provenga de un sueño.



































VI

“El espacio vacío ni siquiera está vacío, sino que es el escenario de la física más violenta.”
John Wheeler, físico americano

‘...El conflicto entre sus ascendencia de clase alta y sus simpatías políticas junto con una actitud vital humanista para la que no encontraba lugar en el Japón del futuro afectaron sus últimos años de vida y, el otro día, Ashima Takeo, de cuarenta y cinco años, llevó a cabo su suicidio doble por amor con su amante, después de haber cedido las tierras de la familia a los campesinos de la región.

El hombre gris que estaba sentado a la mesa metió el último recorte en la carpeta jaspeada y se froto sus ojos cansados tras las gafas. Fuera, en la Plaza de Vorösmarty estaba nevando. Había oscurecido, pero todavía había luz en la librería de Virág, al otro lado de la placeta. El recortador apagó la luz que había encima de la mesa.

En los últimos tiempos había habido muchos suicidios, incluso podía hablarse de una oleada. Los jóvenes de París, Nueva York y Tokio, o donde fuera en el mundo que hubieran sido incomprendidos, solitarios o estuvieran infelizmente enamorados.

Las ciudades estaban habitadas, de la noche a la mañana, por jóvenes suicidas que, tras haber escrito cartas de despedida que indicaban razones muy diferentes del porqué, se arrojaban desde puentes, tejados y ventanas y que, gracias a ello, se inscribían en la hilera de Werthers de Berlín, Werthers de Copenhague y también de Madrid. Los periódicos venían llenos de cartas al director a favor y en contra, tal como tiene por costumbre la prensa libre, y, en el New York Times, un joven europeo había insertado una protesta enérgica contra los suicidios populares desde azoteas, ventanas y puentes colgantes. No, recomendó a lo jóvenes de Nueva York, si realmente deseáis abandonar esta vida, elegid un hotel de lujo. En Europa, p.ej., tan sólo consideramos que los suicidios son apropiados si se realizan en el Ritz. ‘Un amigo del joven escritor de la carta al director que era conserje del Ritz,’ cuenta Vila-Matas, ‘se colgó aquella misma noche en el vestíbulo del Ritz y el joven inició, avergonzado, el viaje de vuelta a Europa donde, después de haber viajado de hotel en hotel acompañado por una gran belleza de nombre Carla Orengo, se quitó la vida en el Grand Hotel de Palermo.’

El recortador de suicidios tomó el metro hasta la ópera y, desde allí, siguió a pie hasta la plaza de Franz Liszt donde vivía de alquiler en casa de la baronesa Rosamunda Széchenyi que durante una temporada había trabajado de camarera en el Café Corona en la Plaza de la Libertad pero que ahora daba clases de canto a jóvenes estudiantes de música. Desde la cocina se propagaba el aroma del gulash Székely a la antaño vivienda señorial, y desde el salón se escuchaba una voz de mujer frágil y un acompañamiento de piano algo burdo: ‘Seit ich ihn gesehen, glaub’ ich blind zu sein’. El niño que no debía ser infeliz también tenía problemas con la vista y aquel mismo día había visitado a un oftalmólogo que tenía su consulta en un edificio de Almagro Sur donde también había una biblioteca. El inquilino gris se deslizó hasta la cocina, levantó la tapa de la olla y se tomó en la oscuridad algunos bocados con el cucharón. ¿Le gustaría este tipo de música al niño? ¿Schumann? ¿Lieder? Los tangos, esos si que le volvían loco. Los había echado a faltar desde que abandonara Buenos Aires: Arolas y Grecos a los que había visto bailar en las aceras.

Ahora tenía veinticinco años y había vuelto al hogar, a la ciudad de su infancia, ya no era ningún niño sino un hombre joven que había dejado atrás su primer amor y un largo viaje. Y el recuerdo. De una tarde crepuscular en un piso de un primera planta en la plaza de Dufour. De la arena de Verona donde había declamado los poemas de Ascasubi para la familia y algunos gatos hambrientos que, sospechosamente, lo contestaban con sonidos guturales. Y de Sevilla, Palma de Mallorca y de Madrid y el encuentro con Guillermo de Torre que le había presentado al ultraísmo y al que él había presentado a Norah que más tarde se casó con él. En Sevilla había asistido cada sábado con Eugenio, Cansinos Y Jacobo a conciertos de jazz americano en el Café Colonia y, armado con Whitman, Rolland y Sirner, se las había dado de hombre del mundo. Durante toda la noche las ideas literarias más diversas fueron arrojadas por toda la estancia y puestas patas arriba hasta que ya no quedó títere con cabeza, ni Dios, ni tradición, ni patria. Podían escribir lo que quisieran, reinventar el mundo, inventar nuevos mundos. Había elogiado el pensamiento libre, el pacifismo, la anarquía y la Revolución Rusa. Y había quemado sus poemas antes de embarcar, una mañana de marzo en Lisboa, en el Reina Victoria Eugenia con rumbo a Buenos Aires.

Palermo, Sur, Almagro. La ciudad lo había asaltado. Los barrios pobres habitados por las sombras de los gauchos muertos. La mitología sensual. El sonido de los tangos que provenía de los patios interiores. Los juegos de cartas sucios en los almacenes pintados de rosa. Vigilia silenciosa por un muerto desconocido. Boleras desconsoladoras. Paseos a pie por calles desiertas. El puente ferroviario en Constitución. El estruendo de los vagones que tejían laberintos de hierro. Un licor de cerezas, un guindado oriental, en una taberna por la mañana. Y él escribió con lápiz en un cuaderno de San Martín que las calles de Buenos Aires ya componían el interior de su alma.

Esénin escribió un poema de adiós con su propia sangre un día de Navidad en el Hotel Anglaterre en Leningrado cuando había transcurrido un cuarto de siglo: ‘No es nuevo morir, pero, naturalmente, tampoco es más original vivir.’ Sergéj Esénin, el palurdo de Rjazan, el aprendiz de Kljujev que vivió una vida salvaje y bohemia en Moscú y que se casó con la bailarina americana Isadora Duncan a pesar de que ella no sabía ruso y él no sabía inglés. Gira doble envuelta en el escándalo. Berlín, París, Nueva York. En todos lados pronunciaron discursos a favor de la revolución y de la nueva Rusia. En Boston, Isadora bailó descalza al son de la Internacional y la policía interrumpió el discurso incendiario de Esénin. Un matrimonio infeliz. Tras la vuelta a casa, cada uno se fue por su lado.

El canto en el salón contiguo había cesado. El humilde inquilino de la Baronesa introdujo un punto de lectura en el libro que estaba leyendo y lo dejó sobre la mesa. Era la segunda edición de ‘Les problèmes d’un probleme’ de Menard, con una revisión de aquellos capítulos que estaban dedicados a Russell y Descartes. Hacía tan sólo un par de meses que los recortadores de suicidios habían estado reflexionando sobre qué hacer con el joven que no podía ser infeliz. No porque pareciera infeliz, sino todo lo contrario. Lo que les preocupaba era que el niño, sin más ni más, hacía agujeros en el aire con su talento. Escribía artículos sobre metáforas para revistas literarias, poemas engreídos y manifiestos en murales; se vestía y comportaba como un Dandy, intentando ser tan infeliz como le fuera posible, Hamlet y Raskolnikov en una sola persona, sin que pareciera llevarle a alguna parte. Los recortadores de suicidios llegaron incluso a considerar si, al igual que los antiguos griegos, debería dejar caer sobre él un comienzo de ceguera, para así hacerle cambiar de idea. Afortunadamente, su actitud también disgustaba al padre quien, a pesar de su ateísmo y su educación libre, no estaba desprovisto de ambiciones para con el hijo, por lo que sugirió (y financió) la impresión de una pequeña antología de sus ardientes poemas de la gran ciudad. Norah la ilustró y distribuyó entre los amigos y conocidos, dejando caer inadvertidamente un ejemplar en los grandes bolsillos de los abrigos de los críticos y los editores mientras almorzaban en el Richmond.

El joven, pues, se había convertido en poeta y llevaba buen camino de llegar a ser reconocido, pensó el hombre tranquilo, de pronto aliviado, escurriéndose a la cocina donde dio cuenta de unas cuantas cucharadas de gullash antes de acostarse.















































INTERLUDIO

El joven se imagina a un espectador en una carrera de perros. El espectador observa desde las gradas del canódromo la salida; el conejo sobre un palo basculante delante de los perros tocados con anteojeras; los acontecimientos durante la carrera; un perro que llega a la meta. Uno detrás de otro.

Mas el joven se imagina a otro espectador; un espectador que es espectador del espectador, y espectador de la carrera. Es Dios.

Dios ve toda la carrera. Ve en un único y eterno momento en la eternidad de un instante la salida de los perros; los acontecimientos durante la carrera; la llegada de los perros a la meta. Lo ve todo en una única mirada, y conoce de antemano el resultado, sin intervenir.










































VII

“Es imposible determinar, a la vez, la posición y el impulso de una partícula con precisión. Los átomos y las partículas elementales no son reales; constituyen un mundo de posibilidades potenciales, más que hechos en sí.”
El principio de incertidumbre de Heissenberg

No había nada que llamara la atención en el hombre vestido de gris que estaba sentado leyendo un libro en el tranvía que corría por la Avenida 18 de Julio hasta la Plaza de la Independencia. La línea 55 estaba llena de otros lectores: abogados, catedráticos, empleados de banca, trabajadores, estudiantes y poetas de camino al trabajo. La mayoría leía diarios: El Heraldo de Florida, La República y El País; una dependienta, una carta de amor; y un señor mayor con bastón estudiaba unos documentos bancarios, por lo que podía apreciar el hombre del libro desde su asiento en el tranvía.

‘Su rostro brillaba. Era como la luz del sol de la mañana sobre el hielo frágil. Ella le gustaba. Mas no era amor. Nunca acariciaba su cuerpo, no la tocaba, ni siquiera un dedo. Te mueres por morir, ¿verdad? Sí. No. No por morir. Sino por vivir. De esta conversación brotó la decisión de morir juntos. Lo llamamos suicidios platónicos. Suicidio platónico doble. Él mismo estaba sorprendido de la tranquilidad con la que se lo tomaba’.

El hombre del libro era recortador de suicidios y no podía ocultar su sorpresa por la ligereza con la que Akutagawa jugaba con la idea de quitarse la vida. Ahora, a los treinta y cinco años, se había tragado un frasco de somníferos y, sin preocuparse, había motivado su suicidio aludiendo a un vago sentimiento de malestar. Ryunosuke Akutagawa , su padre, un fracaso; su madre, loca; él, padre de tres hijos y de casi diez volúmenes enteros publicados de ensayos literarios, relatos cortos y novelas; una inteligencia brillante, qué duda cabe. Akutagawa no consideraba el suicidio como un pecado. Por razones estéticas y prácticas había evitado el ahorcamiento, las pistolas y los saltos y, durante un tiempo estuvo considerando dejarse acompañar, tal como lo habían hecho Kleist y Racine, por un amigo o una amante, aunque finalmente decidió quedarse solo. El suicidio, de ello estaba convencido, le concedería, si no la felicidad, si al menos la paz. Tras meses de preparación por fin estuvo listo. Pudo constatar que ya no le apetecían ni la comida ni las mujeres; sus venas estaban drenadas del instinto animal de conservación; y, paradójicamente, encontró que la naturaleza era más bella que nunca. ¡Válgame Dios!

El tranvía de Pocitos estaba parado delante del Hotel Victoria Palace. La calle rebosaba de gauchos, curas y monjas; de vendedores de lotería, fotógrafos ambulantes y millonarios vestidos de blanco. La gente se subía y se bajaba. El hombre vestido de gris permaneció sentado. En el teatro Solís representaban una obra con el título de ‘Eutanasia’. Asesinato por compasión o ayuda al suicidio. Suicidio platónico. En los diarios y en los cafés se discutía la muerte. Como si fuera posible estar a favor o en contra. Como si cambiara algo por decantarse a un lado o a otro. Los antiguos griegos consideraban que este tipo de especulaciones eran obtusas y arrogantes, que denotaban desprecio por el orden universal. La diferencia entre los dioses y los hombres era la muerte. ‘Inmortal’ significaba dios; ‘mortal’, hombre. Y los mortales debían conocer sus límites y dejar de corretear por ahí con pensamientos inmortales.

El tranvía siguió por la calle Sarandi. Las marquesinas de las tiendas estaban extendidas en el lado del sol, había cola delante de las oficinas de apuestas, y los ropavejeros retiraban los postigos y sacaban a la luz joyas y alhajas grotescas y objetos robados de segunda categoría. El recortador de suicidios se bajó en la Plaza Matriz y siguió a pie pasando por el Brasilero hasta llegar a la Aduana.

En la calle Brecha se detuvo delante del edificio del notario que albergaba en su primera planta el registro civil. ‘Conservaduría General del Registro Civil’ ponía con letras negras en una placa relativamente nueva. La mayoría de la gente sabía que el notario tenía sus oficinas en la planta principal, pero había pocos que conocían la existencia de un despacho en el edificio trasero, donde hombres y mujeres silenciosos recortaban noticias y artículos de los periódicos del día. La puerta era vieja, las últimas capas de pintura marrón habían empezado a desconcharse. Se atrancaba y necesitaba un empujón especial para abrirse. El recortador de suicidios atravesó el pasillo y salió al patio. En un balcón un poco alejado de allí cantaba un canario en su jaula. El hombre gris se detuvo un instante para escuchar. Asombrado por la potente voz del pajarillo.

Así debía ser cómo el joven que no podía ser infeliz experimentaba el mundo, lleno de emoción, se dijo el recortador de suicidios. Tal vez incluso sea feliz. Las críticas y reseñas de sus dos primeros libros habían sido decentes, incluso algunas, más que decentes. Estaba a punto de editarse un tercero. Ninguna madre loca, ni ningún padre fracasado, ni tampoco ninguna idea de suicidio negligente que pudiera perturbar el orden universal.

El recortador de suicidios hizo de un gesto de aprobación dirigido a su propio rostro que se reflejaba en la puerta de cristal sintiéndose un poco como un dios. En aquel mismo instante vio a la joven esposa del notario que cruzaba el patio. Apenas la reconoció. Ella le saludó con la mano. Él se dio la vuelta y saludó. El vestido de la joven era ligero, cortado con atrevimiento por encima de la rodilla y llevaba un corte de pelo corto. No sabía como se llamaba ella.

Pero el joven estaba sentado en el café de la estación de trenes delante de Constitución. Estaba cansado y sin afeitar como la mayoría de los clientes matinales del café, hombres de la noche con sus ropas de trabajo, traperos y, en la mesa contigua, una mujer de cabellera negra en compañía de un hombre con un aspecto miserable y andrajoso que hablaba con acento italiano. El joven, sus ojos tristes, estaba sentado escuchando a su amigo Panchito que se había pegado un tiro unos meses atrás. Había sufrido algunas decepciones con las mujeres, la literatura, y había estado enfermo de muerte. Tuberculosis. Los pulmones ya no querían más. Había estado paseando apaciblemente bajo los tilos, viendo las balaustradas y las puertas, pero ya no para recordarlas. Se había decidido y sabía que ya no le quedaban ni noches ni días. Había seguido un camino conocido, había doblado por esquinas previsibles, había rozado ciertos árboles y vallas, y había comprendido que el futuro era tan irrevocable como el pasado. Había subido por una escalera de mármol donde un espejo había plagiado sus pasos. Se peinó, se ajustó la corbata y vio en el espejo cómo su propia imagen repetía sus movimientos. La mano no le tembló cuando levantó la pistola y dirigió el cañón contra la sien.

El joven recordó sus paseos nocturnos con Panchito. Habían discutido ‘Empedocles en Etna’. Entonces deseaban convertirse en dioses. Ahora Panchito se había convertido en un esqueleto en el cementerio. Un lugar bueno y privado para perecer. ¿Acaso la vida no fuera más que la muerte disfrazada?
Tal vez fuera la luz que lo deslumbraba, o los recortadores de dioses griegos que realmente habían conseguido que una ceguera incipiente cayera sobre él, en todo caso le costaba ver a la mujer y el hombre sentados en la mesa de al lado. No era capaz de distinguir las letras de tamaño normal sin ayudarse con unas lentes gruesas. Su letra era insegura y fina como la de un anciano y una operación ocular que le habían realizado a principios de año no había servido de gran cosa.

La mujer había pedido un licor amarillo. El hombre comía membrillo y queso fuerte y bebía cerveza y afirmaba que había sido actor. Había algo en él que le resultaba familiar. Estaba intentando pegarle una historia a la mujer sobre un hombre y su perro. A la mujer se le llenaron los ojos de lágrimas escuchando el relato del hombre. Era mayor que él y jugueteaba con su mano sobre la mesa.

El joven se enamoraba constantemente de chicas que eran más jóvenes que él. Rosa no había sido más que una niña grande. Concepción tenía diecisiete años cuando se enamoró de su maravillosa cabellera. Estaba partida en dos trenzas que le llegaban hasta la mitad de la espalda. Estaba dispuesto a casarse con ella. Entonces ella se cortó el pelo. Elsa también tenía diecisiete años. Era atractiva y frívola. Se prometieron. Un sábado que pasó a por ella, la madre de la chica le comunicó que se había casado con otro el día anterior. La mujer de la otra mesa dijo que se llamaba Matilde. No se cansaba de mirar al italiano. Por él podían llamarse todas Matilde. Al fin y al cabo, ¿qué podía significar un nombre? Lo importante era que cada una de ellas era única. Al igual que, tal vez, le ocurría a Dios que consideraba a todos los seres humanos como únicos, él también lo sentía así cuando se enamoraba. ¿O acaso se equivocaba?

Los recortadores de suicidios también encontraban que su creación era única, mas todo su cuidado y providencia no parecían ayudar mucho al joven. Sus experiencias con las mujeres eran escasas y se limitaban a fantasías galantes, amores irrealizables y relaciones fugaces en casas dudosas.

El joven miró al actor y pensó: es a mí a quien se parece. Probablemente fueran de la misma edad. Si realmente es actor podría contratarlo para que fuera mi sombra. Debería cortarse el pelo, habría que vestirle con un traje nuevo y una corbata amarilla y rebajar su acento. Entonces podría pasar por un joven poeta que con tan sólo tres obras publicadas ya disfrutaba de cierto renombre y cuyos amigos se casaban o se suicidaban. Y el joven, así, podría desaparecer, convertirse en la nada. Le costaba acostumbrarse a sí mismo, y su anhelo inseguro indefectiblemente trasladaba las palabras al papel. Demasiadas palabras. Quería, como el amigo del padre, Macedonio, estar solo durante muchas días sin hacer nada, vivir para pensar y leer con escepticismo. Quería que los pensamientos fueran más importantes que lo escrito, y lo escrito, más importante que lo publicado. Preferiría la palabra hablada antes que la escrita; hablar hasta el amanecer sobre el yo inexistente, sobre la continuación de la nada y el asombro indeciso. Y estar convencido de que, si una tarde pudiera irse al campo, echarse en la hierba, cerrar los ojos y desviar la atención de todo aquello que lo molestaba, entonces, inmediatamente, podría descubrir el enigma del universo.

El recortador de suicidios ya no podía oír el canto del canario. Y eso que al en el crepúsculo se escuchaba todo con mayor claridad. Cuando atravesó el pasillo, la contable del registro civil estaba de chismorreo en la escalera con la secretaria del notario. Era la joven esposa del notario. El matrimonio no marchaba demasiado bien. Los dos se han ido distanciando lentamente. Como lo hacen las galaxias, pensó el recortador de suicidios. Un sacerdote católico en Francia había sugerido que puesto que las galaxias se alejaban las unas de las otras, debía haber habido un tiempo en que éstas estuvieron unidas en un punto, y que, por lo tanto, llegaría un momento en que se juntarían de nuevo y, entonces, el mundo y el tiempo y todo se movería en el sentido contrario. La joven esposa del notario debería llamars